No murió. Se fue. Porque los tipos como el Indio no mueren, se vuelven invisibles para seguir viéndolo todo desde algún rincón del universo que él mismo se construyó. Carlos Alberto Solari —el Míster, el último de la estirpe de los poetas malditos del rock rioplatense— partió este viernes a los 77 años, en su casa de Parque Leloir, sin cámaras, sin periodistas, sin el circo mediático que siempre supo esquivar con una ironía monumental.
La noticia la confirmó la fiscalía, no una declaración oficial ni una conferencia de prensa. Porque el Indio nunca les dio el gusto. Nunca salió a aclarar versiones, nunca desmintió ni confirmó rumores. Los grandes medios, esos que lo ningunearon durante años, hoy improvisan elogios vacíos mientras sus fans, los verdaderos, los de la primera fila del barro, lo despiden como se despide a un padre: con canciones, con llanto y con esa certeza de que no va a haber otro igual.
Mientras los periodistas de TN y LN+ intentaban explicar quién era, los ricoteros ya habían llenado de flores la puerta de su casa y entonaban "Juguetes perdidos" en la vereda. Porque el Indio construyó algo que los medios jamás pudieron etiquetar: una relación directa, casi mística, con su gente. Sin entrevistas, sin sponsors, sin canjes. Sólo poemas atravesados por guitarras y una voz que sonaba como la de un profeta borracho en un bar del suburbio.
Sin un estandarte, de mi parte, te prefiero igual.
Internacional, internacional...
Mientras otros se codeaban con la farándula, el Indio eligió el silencio. Y en ese silencio escribió algunas de las páginas más bellas y desgarradoras del rock en castellano. No eran canciones: eran cartas arrojadas al viento, mapas para perderse adentro de uno mismo, versos que funcionaban como exorcismos para toda una generación que no encontraba lugar en el mundo "normal".
"Todo un palo", "Un poco de amor francés", "Tarea fina"… Cada tema era una grieta en el discurso oficial, un sabotaje al pensamiento único. El Indio no cantaba para las masas: las masas se hicieron a su alrededor porque él decía lo que nadie se animaba a decir. Por eso los periodistas nunca supieron cómo tratarlo: no había escándalo, no había exceso, no había la nota fácil. Solo había poesía y una coherencia que incomoda.
El último mensaje público del Indio: el agradecimiento por el Doctorado Honoris Causa de la UBA. Un "gracias" que sonó a despedida sin querer serlo.
Cuando en 2016 reveló que padecía Mal de Parkinson, lo hizo a su manera: con un comunicado seco, sin lágrimas ni autocompasión. “No estoy ni estaré internado; el final de mi carrera puede llegar en cualquier momento. Ojalá se entienda”, escribió. Y se entendió. Porque el Indio nunca pidió perdón ni permiso. Siguió subiéndose a los escenarios mientras el cuerpo le respondía, y cuando la enfermedad se lo llevó puesto, se refugió en su casa, con sus libros, sus perros y su familia. Lejos de los flashes. Donde siempre quiso estar.
El 15 de mayo de 2026, la Universidad de Buenos Aires le otorgó el Doctorado Honoris Causa. No fue a recibirlo. Mandó un video. “Habla Indio, quería por este medio agradecerles… Les mando un gran abrazo y muchas gracias”. Fue su última intervención pública. Un gesto que resume su vida: el reconocimiento sí, pero a distancia, sin pose, sin disfraz.
El Indio en sus comienzos, gestando la leyenda sin que nadie lo espere. Foto: Archivo Clarín
Una multitud en una de las míticas "misas ricoteras". El pueblo sabe. Foto: Martín Bonetto
Junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado: la última etapa, la más fiel a sí mismo.
Quedan las canciones. Queda la sensación de que fuimos parte de algo único. Queda la rebeldía sin consigna, la poesía que no busca aplausos, la forma de pararse en el mundo sin pedirle permiso a nadie. El Indio Solari no construyó un imperio: construyó una religión laica donde cada uno es su propio sacerdote.
Los periodistas que hoy lo lloran en la tele, mañana volverán a hablar de fama y rating. Pero los ricoteros, los que estábamos en el barro, los que saltamos con "Ji ji ji" y cantamos "Tarea fina" como un himno, sabemos que lo importante no es lo que digan los medios. Lo importante es lo que el Indio nos dejó: la certeza de que se puede ser libre, de que se puede hacer arte sin concesiones, de que se puede vivir —y morir— a la manera de uno.
Se fue el Indio. Pero como él mismo quería: hay banderas que siguen "ondeando, luzca el Sol o no" En esta hora oscura para la Argentina, lo que él construyó con sus letras, su voz y su silencio, es más fuerte que el olvido. Y más fuerte que todos los que intentaron enterrarlo.