8 DE MAYO DE 1979

El primer disco de "The Cure", "Three Imaginary Boys", y el Post-Punk Suburbano

Three Imaginary Boys - The Cure

La Gran Bretaña que Nadie Quería Recordar: Invierno de 1979

Cuatro días antes de que Three Imaginary Boys saliera a la venta, el 4 de mayo de 1979, Margaret Thatcher ganaba las elecciones generales con una mayoría aplastante. El país que recibió el álbum de The Cure no era el mismo que había visto nacer al punk en 1976. Era una nación fracturada por lo que la historia británica recuerda como el "Invierno del Descontento": una ola de huelgas masivas entre septiembre de 1978 y febrero de 1979 que paralizó al país. 4,6 millones de trabajadores —muchos de ellos mujeres y trabajadores de bajos salarios del sector público— se habían declarado en huelga contra el gobierno laborista de James Callaghan, que intentaba imponer un límite del 5% en los aumentos salariales para controlar una inflación que había llegado al 27% en 1975.

Las imágenes de la época eran apocalípticas: basura acumulada en las calles de Londres, enterradores en huelga en Liverpool y Tameside dejando cadáveres sin sepultar, hospitales reducidos a atender solo emergencias. El gobierno laborista, que había llegado al poder prometiendo "exprimir a los ricos hasta que chillen", terminó pidiendo un préstamo al FMI a cambio de brutales recortes del gasto público. La clase trabajadora, que había derrocado al gobierno conservador de Ted Heath en 1974 con su poder sindical, ahora veía cómo el propio Partido Laborista la traicionaba.

Ese era el contexto político cuando Robert Smith, de 20 años, veía salir su álbum. Pero The Cure no venía de las fábricas del norte de Inglaterra ni de los barrios obreros de Londres. Venía de Crawley, un pueblo dormitorio de West Sussex a 35 millas de la capital, y eso cambia completamente la lectura sociológica del disco.

Crawley: La Ciudad Nueva que el Estado Construyó para Olvidar

Crawley no es una ciudad histórica. Es una "New Town", diseñada por el gobierno en 1947 para reubicar a la clase trabajadora londinense sobrante de la posguerra. En 1947 tenía 9.000 habitantes; para 1979 ya superaba los 60.000. Fue construida siguiendo el modelo de "vecindarios" alrededor de un centro industrial, con la promesa de una vida ordenada y funcional para los trabajadores que commutaban a Londres o trabajaban en el cercano aeropuerto de Gatwick.

El periodista Stuart Maconie, refiriéndose a la geografía musical británica de la era Thatcher, explicó algo crucial: la respuesta musical dependía de dónde vinieras. En el norte de Inglaterra y Escocia, donde las fábricas cerraban y las minas morían, surgió una música confrontacional y políticamente explícita: The Smiths, The Clash con "Guns of Brixton", The Jam con "Town Called Malice". En el sur, más afluente y naturalmente conservador, la respuesta fue diferente: los New Romantics, el pop brillante y aspiracional de Spandau Ballet y Duran Duran, música sobre clubes nocturnos, vestimenta y escapismo.

Pero Crawley no encajaba en ninguna de esas categorías. No era el norte industrial en declive, pero tampoco era el Londres sofisticado. Era suburbia pura: una ciudad sin centro histórico, sin identidad propia, diseñada para ser un lugar de paso. Mark Fisher, en su análisis de bandas como Japan (también de los suburbios del sur de Londres), describió cómo el "art pop" funcionaba como una "escuela de acabado para autodidactas de clase trabajadora", un portal de escape de lo prosaico. "Había un impulso consciente de alejarse de todo lo que representaba la infancia", dijo David Sylvian de Japan, oriundo de Beckenham, a kilómetros de Crawley.

The Cure no hacía música política en el sentido tradicional. No cantaban sobre huelgas, desempleo o Thatcher. Pero su música era política en un sentido más profundo: era la negación del lugar que el Estado les había asignado. Canciones como "10:15 Saturday Night" —con su obsesión con un grifo goteando en una noche de sábado aburrida— o "Fire in Cairo" no son sobre eventos; son sobre la ausencia de eventos, sobre el tiempo que se estira en un suburbio donde no pasa nada. Esa es la política del aburrimiento suburbano.

Dos Formas de Ser Post-Punk: El Punk de las Fábricas y el Punk de los Suburbios

Simon Reynolds, en su libro Rip It Up and Start Again, señala algo que muchos pasan por alto cuando hablan del post-punk: no todos venían del mismo lugar social. Los Sex Pistols y The Clash se presentaban a sí mismos como chicos de la clase obrera londinense, y su música era una declaración de guerra directa contra el sistema. Pero cuando el punk se extendió más allá de la capital, llegó a gente que no tenía esa misma posición ni esa misma rabia fabril.

Robert Smith, Lol Tolhurst y Michael Dempsey no eran hijos de mineros ni de obreros industriales. Eran hijos de la nueva clase media baja suburbana: familias que habían salido de Londres buscando una vida mejor en las "New Towns", que trabajaban en oficinas, en el aeropuerto de Gatwick, en empleos de servicios. No tenían la autenticidad "working class" de Johnny Rotten o Joe Strummer. Y en lugar de fingirla, hicieron algo más honesto: cantaron sobre su propia alienación, una alienación que no venía de la explotación fabril sino de la anomia del suburbio, de la sensación de vivir en un lugar que no tiene historia ni alma.

Esto explica por qué Smith rechazaba tanto la etiqueta "punk". En una entrevista de 1979, criticó a las bandas que imitaban a The Clash: "Todo el asunto de la new wave/punk comenzó con la idea de detener todo eso, de que cada uno formara sus propias modas, música e ideas. Ahora ha dado la vuelta completa, con todos diciendo: 'Hagámoslo como The Clash'. Es realmente estúpido".

Smith no rechazaba el punk por su política. Lo rechazaba porque se había convertido en uniforme, en otra moda impuesta desde Londres. Para un chico de Crawley, la imitación de The Clash era tan falsa como cualquier otra moda metropolitana.

DIY: La Única Puerta de Entrada que No Pedía Permiso

En 1979, el post-punk británico no solo cambiaba la música; cambiaba las reglas del juego. Los sellos independientes que surgieron en ese momento —Rough Trade (fundado por el dueño de una tienda de discos, Geoff Travis), Factory (por el presentador de TV Tony Wilson), y Fiction Records (creado expresamente por Chris Parry para albergar a The Cure)— representaban una alternativa real al sistema de las grandes discográficas.

Estos sellos operaban con lógicas diferentes: Factory ofrecía a sus bandas una división 50/50 de ingresos después de gastos; Rough Trade funcionaba casi como una cooperativa. Fiction, aunque subsidiario de Polydor, le dio a The Cure una plataforma que una discográfica tradicional no habría ofrecido a tres chicos de provincias sin imagen comercial clara.

Pero hay algo más importante que la estructura de los sellos: el DIY (Do It Yourself) no era solo un gesto anti-sistema. Era, sobre todo, una forma de entrar por la puerta grande sin tener la llave. Para chicos de Crawley sin plata para una universidad elite, sin contactos en la industria londinense, sin un apellido que abriera puertas, el DIY era la única vía realista. No podían pagar estudios de producción en un conservatorio. Pero podían comprar una guitarra de segunda mano, tocar en un pub de Crawley, grabar una maqueta en una cassette de 60 minutos y enviarla a John Peel de la BBC.

John Peel, en ese momento, era una figura casi imprescindible. Su programa en BBC Radio 1 llegaba a dos millones de personas y era una de las pocas vías por las que una banda de provincias podía saltar al radar nacional sin pasar por los filtros de Londres. The Cure grabó sesiones para Peel en 1979, y esas transmisiones fueron fundamentales para construir su audiencia fuera del circuito metropolitano.

💡 El filósofo finlandés Pekka Himanen define la ética hacker no como una técnica, sino como una forma de vida opuesta a la ética protestante del trabajo: el trabajo no es deber ni sufrimiento, sino pasión y juego. Los valores que Himanen identifica —libertad, apertura, creatividad y cuidado— son los mismos que movían a un chico de Crawley a fotocopiar un fanzine en 1979 o a un sysop de Chicago a compartir software en un BBS en 1978.

La Geografía Sonora: Londres vs. las Provincias

En 1979, el post-punk británico ya mostraba una geografía clara. Manchester tenía a Joy Division y Factory Records, con un sonido industrial, frío, marcado por el paisaje urbano gris. Leeds producía a Gang of Four y Delta 5, con un post-punk explícitamente político y marxista. Londres era el centro de gravedad, donde convergían todas las escenas. Y luego estaban los suburbios dormitorio como Crawley, Stevenage o Harlow, que producían algo diferente: una música de aislamiento, no de comunidad.

The Cure no sonaba como Joy Division. Joy Division era urbano, denso, claustrofóbico. The Cure era espaciado, angular, casi vacío. Mike Hedges, el ingeniero de sonido, usaba micrófonos de contacto en la batería para lograr un sonido estéril, sin ambiente natural. Esa elección técnica no es neutral: es la materialización sonora del suburbio, de un espacio diseñado para ser funcional, no cálido.

Cuando Smith vio a Wire en vivo en 1979, tuvo una revelación que ilustra esta diferencia geográfica. Wire era de Watford, otro suburbio londinense, pero su música era violenta, confrontacional, casi militar. Smith quedó impresionado por su "pared de ruido ponderado". Pero The Cure nunca fue a imitar esa violencia. En su lugar, desarrollaron una estética de contención, de emociones reprimidas bajo una superficie lisa. Esa es la estética de quien crece en un lugar donde no se permite la expresión emocional excesiva, donde la norma es la moderación suburbana.

Thatcher, el Neoliberalismo y la Independencia como Respuesta

La elección de Thatcher el 4 de mayo de 1979 no solo cambió la política británica; cambió la economía cultural. Thatcher desmantelaría gradualmente el consenso de posguerra: sindicatos debilitados, industrias nacionalizadas privatizadas, estado de bienestar recortado. El famoso aforismo de Thatcher —"No existe tal cosa como la sociedad"— era una declaración de guerra contra la idea misma de solidaridad colectiva.

En ese contexto, la decisión de Smith de tomar el control total de The Cure después de Three Imaginary Boys adquiere una dimensión que trasciende la anécdota personal. Cuando Smith dijo: "Decidimos que siempre pagaríamos nosotros mismos y por lo tanto retendríamos el control total", no estaba hablando solo de derechos de autor. Estaba articulando una ética de autonomía que resonaba con el momento histórico, pero desde una posición diferente a la de los punks politizados.

Mientras The Clash cantaba sobre la revolución y The Smiths sobre la desesperanza del norte, The Cure desarrolló una política del yo. No era individualismo neoliberal —no eran yuppies—, pero tampoco era colectivismo de clase. Era una resistencia existencial: la negativa a dejar que la industria definiera quién eras. En una era donde Thatcher decía que no había sociedad, solo individuos, The Cure respondió: si solo queda el individuo, entonces ese individuo debe ser absolutamente auténtico.

Esa autenticidad no era la autenticidad "working class" del punk. Era la autenticidad del autodidacta suburbano, del chico que aprendió sobre arte, literatura y música por su cuenta, a través de las referencias en las canciones de Bowie, a través de los fanzines que circulaban por correo, a través de las sesiones de John Peel en la radio. Es la autenticidad de quien no tiene una tradición cultural que heredar, y por eso la inventa.

El Post-Punk Suburbano como Archivo de Clase

Three Imaginary Boys no es un gran álbum por su profundidad lírica o su innovación técnica. Es un documento sociológico porque registra algo que la historia oficial del rock suele ignorar: la experiencia de la clase media baja suburbana británica en el momento exacto en que ese mundo desaparecía.

En 1979, las "New Towns" como Crawley aún funcionaban como prometieron sus planificadores: empleo estable, commutación a Londres, vida ordenada. Pero la era Thatcher transformaría ese mundo. Las industrias que sostenían esos suburbios se privatizarían o desaparecerían. La movilidad social que permitió a familias como la de Smith salir de Londres se estancaría. Y la música que salió de esos suburbios —The Cure, pero también Japan, Depeche Mode, The Smiths— se convertiría en el archivo sonoro de una generación atrapada entre la promesa de la movilidad social y la realidad del estancamiento.

El verdadero legado de Three Imaginary Boys no está en las listas de "mejores álbumes de post-punk". Está en haber demostrado que la periferia también tiene voz, que el aburrimiento de un sábado a las 10:15 en Crawley puede ser tan válido como la rabia de una huelga minera en Yorkshire. Y en haber establecido el principio que Smith nunca abandonó: que en una sociedad que te quiere convertir en producto, la única rebelión posible es negarse a ser producido por otros.


The Cure - Three Imaginary Boys (1979)